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Full text of "El marido ideal : juguete cómico en tres actos y en prosa"

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6796 
EDUARDO HfiRO y JOAQUÍN AZflAR 



EL MARIDO IDEAL 



JUGUETE CÓMICO 



©r» -tres actos y en prosa, original 



Copyright, by E. Haro y J. Aznar, 1917 

800IEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Calle del Prado, ndm. 24 

1917 




,;.,V! 



Esta obra es propiedad de sus autoies, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los cuales se hayan cele- 
brado, 6 se celebren en adelante, tratados internado 
nales de propiedad liteiaria. 

Los autores se reservan el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de repiesentacíón y 
del cobro de los derechos de propiedlad. 



Dioits de representaron, de traduction et de repro 
duction réaervés pour tous les pays, y compris la Sné- 
de, la Norvége et la Hóllande. 



Queda hecho el depósito que marca la ley. 



EL MARIDO IDEAL 



JUGUETE CÓMICO 



©r» tres actos y sr» prosa 



ORIGINAL DE 



EDUARDO HRRO y JOAQUlfl HZflflR 



Estrenado en el TEATRO LARA de Madrid, la noche 
del 13 de Octubre de 1917 



* 






MADRID 

R. Velasoo, impresor, Marqués de Santa Ana, 11, dup. 

TELÉFONO, NUMERO 551 

1917 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



MATILÜE SUÁREZ Sra. Banqüer (M.) 

DOÑA VICTORIA, Valls. 

CHUNGA Ortiz. 

BLANCA Banquee (O.) 

LOLA Srta . Llórente. 

PACITA , Roía. 

CAROLA , . . . Suárez. 

ANITA. .". Sra. Torres. 

SOTERO Luis de Llano. 

ENRIQUE Sb. Villarreal. 

EL GENERAL Rausell. 

DON PÍO Aguirre. 

UN PINTOR . . Navarro. 

SEPÚLVED A Emilio Díaz. 

EL OFICIAL 2.°... . . . . . . Sb. Llano (M.) 

ÍDEM 3 °. . . , Torrecilla. 

EL TEMPORERO Sánchez París. 

DON ANTONIO Castro. 

ROQUE. Sánchez Bort. 

NEMESIO Sánchez París. 

EL FONDISTA Aguirre. 

DOMINGO Sánchez París. 

UN MOZO Ferré. 



La acción del primer acto en MadriJ; ia del segundo en Tomi- 
liares y la del tercero en Barcelona. — Época actual 



Derecha e izquierda, las del actor 



669084 



La excelente interpretación que la notable 
compañía Plana-Llano ha dado a este juguete 
cómico, nos obliga a testimoniar nuestra 
gratitud a cuantos artistas han tomado parte 
en él, y muy especialmente al graciosísimo 
Luis de Llano que ha hecho de su tipo una 
verdadera creación. 

Los Autores. 



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ACTO PRIMERO 



Gabinete elegante en casa de Matilde Suárez. A la derecha una puerta 
que comunica con la antesala. A la izquierda dos puertas" que co- 
munican con las demás habitaciones de la casa. Entre ambas, un 
pequeño «secretaire». 



ESCENA PRIMERA 

ANITA sola, cantando 

MhT. (Dentro.) ¡Chist!... Silencio, Anita. 

Anita (Tapándose la boca.) Ya no me acordaba de que 

tengo que estar triste. ¡Qué cabeza!... (suena 
un timbre.) Alguna visita de pésame... Todo 
el día recibiendo gente y dedicando elogios 
al difunto. ¡Pobre señor! Ha tenido que mo- 
rirse para que todo el mundo reconozca que 

era Una buena persona. (Suena otra vez el tim- 
bre.) Voy, VOy Corriendo. (Sale por la derecha.) 



ESCENA II 



ANITA y un PINTOR por la derecha 
ANITA (Entrando, seguida del Pintor.) Pase Usted... por 

aquí... Cuidado con el cuadro; está tan obs- 
cura la antesala... 

PlNTOR (Tipo de artista joven y derrotado, con un cuadro de 

tamaño regular debajo del brazo.) ¡Oh, la obscuri- 
dad!... Para mí no existe la obscuridad. Lle- 
vo la luz del mediodía impresionada en la 
retina... Los artistas somos amantes de la 



— 8 — 
luz, avaros de la luz, esclavos de la luz. (indiv 

cando con los dedos que la luz a que se refiere son 
«las pesetas».) 

Anita Con su permiso, voy a avisar ala señora. 

Pintor ¡Ah, la pobre viuda que ha visto truncado 
el dulce idilio de sus venturosos amores! 
Un momento, simpática fámula, un momen- 
to. La opinión de una criada con respecto a 
un retrato de su señorito, es muy valiosa, 
porque nadie mejor que Una criada conoce 

a SU Señorito... (Coloca el lienzo, que tiene marco, 
sobre una silla, apoyado en el respaldo, y arranca el 
papel que lo cubre, dejando al descubierto el retrato 
al óleo d« un señor de unos sesenta años, muy colora- 
dito, con uniforme de Jefe de Administración civil, 
varias cruces y el collar de Carlos III.) ¿Eh?... ¿Qué 

tal?... 
Anita Magnífico; parece que está pidiéndome el 

Chocolate. (Acercándose al. retrato.) [Pobre Señor! 

Pintor No se aproxime. Está fresco. De lo vivo a lo 
pintado hay alguna diferencia. Usted extra- 
ñará... Al fin es usted una profana... Es la 
primera vez que ve usted a su señorito pin- 
tado... 

Anita Sí, sí, la primera vez. y se pintaba todos los 

días... Diga usted, ¿de qué es ese uniforme? 

Pintor No se aproxime. Está fresco. El uniforme 
es de Jefe de Administración civil de terce- 
ra con honores de segunda. Ahora, simpá- 
tica doncella, puede avisar a la señora. 

Anita Con su permiso. 

Pintor (Mirando de reojo a la criada.) ¡Qué buenas for- 
mas tiene esta muchacha! 

Anita ¿Decía usted?... 

Pintor Era el Arte el que hablaba, preciosa domés- 
tica... 

ANITA ¡Ah, ya!... (Sale por la izquierda, y al momento 

anuncia desde la puerta.) La Señora. 
(El Pintor espera al lado del retrato en actitud ga- 
llarda.) 



Pintor 



ESCENA III 

DICHOS y MATILDE por la izquierda 
(Haciendo una reverencia.) ¡Señora!... He aquí 

mi obra; el retrato de su difunto esposo, 
que en paz descanse. 



— 9 — 

Mat. Realmente ha hecho usted una obra muy 

bella. 

Anita ¿Verdad, señorita, que parece que está ha- 

blando? 

Mat. ¡Pobre Juan! ¡Pobre esposo míol (Llora por 

compromiso.) 

Anita No se aflija usted, señorita. 

Pintor ¡Valor, señora! Si quiere usted besarle, bése- 
le en la casaca; no ponga usted sus labios 
en el rostro: está fresco. 

Mat. Ha sacado usted todo el partido posible; le 

felicito sinceramente. Sólo tiene a mi modo 
de ver un defecto: el color escarlata de los 
carrillos. Parece que está sofocado. 

Pintor Y lo está. El uniforme da calor, sofoca; hay 
que ser realista. 

Mat. Habrá que pensar en la colocación. Quiero 

que esté en un sitio principal, que se vea 
bien, que pueda yo estarle mirando siem- 
pre.. ¡Pobre Juan! (Llora.) 

Anita Vamos, señorita... 

Mat. ¿Le parece a usted que lo coloquemos aquí? 

(a la izquierda, enfrente de la puerta.) 

Pintor Ahí tiene mala luz. Opino que debemos co- 
locarlo aquí. (Sobre la chimenea ) 

Anita Muy bien; es el mejor sitio, (se sube sobre una 

silla y lo cuelga.) ¡Magnífico! 

Mat. * Voy a abonar a usted el precio estipulado. 

(Saca del «secretaire» algunos billetes de Banco. ) 

Pintor (.Margando la mano.) ¡Oh, señora, no corre pri- 
sa!... 

Mat. Doscientas cincuenta pesetas... 

Pintor Muy reconocido, señora... Si para algún otro 
trabajo me necesita... 

Mat. Ahora, no; ya veremos más adelante. Déje- 

me lus señas de su casa. 

Pintor ¿Las señas de mi casa? Me mudo con fre- 
cuencia, señora. Los artistas tenemos el es- 
pirito inquieto. Ayer vivía en la Castellana 
y hoy duermo en la Plaza de Oriente; ma- 
ñana... ¡quién sabe!... Señora, a sus pies... 

Mat. Usied lo sabe bien. 

Pinto* Acompaño a usted en el sentimiento. Ah, 
no le pasen el plumero: está fresco, (sale, sa- 

guido de Anita que vuelve en segnida.) 



— 10 — 
ESCENA IV 

MATILDE y ANITA 

Mat. ¡Gracia3 a Dios! Estoy aturdida. 

Anita ¿No le parece a usted, señorita, que es un 



Mat. Es una devanadera. ¡Jesús, qué mareada es- 

toy! (Se deja caer en una butaca ) 

Anita Así no puede usted seguir, señorita. Todo el 

día metida en casa; toda la tarde recibiendo 
visitas de pésame; son demasiadas emocio- 
nes. Y por si fuera poco, hoy ha tenido us- 
ted la impresión de ver al señorito, que en 
paz descanse, vestido de gran gala. 

Mat. Tienes razón, Anita. Realmente me he im- 

presionado. 

Anita Como que el retratito está para impresionar 

a cualquiera. 

Mat. (Estremeciéndose.) ¡Qué nerviosa estoyl 

Anita ¿Quiere la señorita que le haga una taza de 

tila? 

Mat. No, no quiero nada. (Aparte.) Si ese hombre 

viene hoy mismo, como dice en su carta, y 
me encuentra sola; si se ha enterado de mi 

viudez... (Dando un salto en la butaca en que está 

reclinada.) Tengo los nervios de punta, (a Ani. 
ta.) ¿Me dijiste que el mismo don Soteio re- 
cibió el aviso? 

Anita Sí, señora: don Sotero en persona. Le dice 

que viniera en seguida, que necesitaba us- 
ted verle, que le estaba usted esperando 
impaciente. Es extraño que no esté ya 
aquí. 

Mat. Es un hombre desesperante. No se inmuta 

por nada; no sale de su paso ocurra lo que 
ocurra. 

Anita ¿No ve usted, señorita, que don Sotero es 

un hombre que hace siempre su santísima 
voluntad, sin que nadie se lo estorbe? Por 
eso no quiere casarse. 

Mat. (Aparte, hablando consigo.) Lo dice en la carta 

con una seguridad que no deja lugar a du- 
das. (Alto.) ¡tkarOS nerviosl (Vuelve a estreme- 
cerse.) 

Amia Yo cr6o, señorita, que cuanto antes salga- 



— li- 
mos de Mairid será mejor. La vida decam- 
po le probará a usted muy bien. 

Mat. Sí, sí, necesito salir de Madrid, y salir lo 

antes posible. El hotel que viene anunciado 
en El Imparcial debe convenirme. «Hotel 
espacioso, en pueblo próximo a Madrid...» 
¿Llevaste mi carta a las señas que indica el 
anuncio? 

Anita Se la entregué a un señor que parece un 

loro. La leyó y me dijo que él mismo ven- 
dría a tratar con la señora. Ese señor debe 
ser el dueño y, por lo visto desea enterarse 
de qué clase de £ente quiere alquilarlo. 

(suena el timbre.) 

Mat. (Muy nerviosa.) Dios mío, ¿será él? 

Anita Este es don Sotero. (sale derecha ) 

MaT. (Acercándose a la lateral derecha.) ¡Sí, Será él, debe 

ser él! 

(Anita entra de pronto y Matilde retrocede asustada» 
nerviosa.) 

Anita Señorita, son cuatro señores enlutados; son 

de la oficina del señor, que en paz descanse. 

Mat. Que pasen esos señoies. (sentándose.) ¡Qué 

fastidiol Otros que vienen a acompañarme 
en el sentimiento. 

Anita (Levantando el portier.) Tengan ustedes la bon- 

dad de pasar. (Sale derecha.) 



ESCENA V 

MATILDE, SEPÚLVEDA, OFICIAL 2.°, OFICIAL 3.° y TEMPORERO. 

Estos cuatro personajes visten de levita negra y llevan guantes de 

igual color. Todos dejan el sombrero sobre el «secretaire» 



Mat. Tengan ustedes la bondad de sentarse* 

(Se sientan, muy estirados, formando una línea en 
primer térmiuo. Todos ponen cara compungida.) 

Sep. Comprendo, señora, que nuestra presencia 

turbará su espíritu recordándole... 

Mat. (Muy afectada.) ¿Son ustedes compañeros de 

mi pobre Juan?... 

SEP. (Enfático, pausado, oyéndose hablar.) Compañero, 

yo, señora. Los señores, aunque también 
tienen su categoría, son subalternos. Pero 
todos, saludables amigos de su difunto espo- 
so, a quien todos queríamos y respetábamos, 



— 12 — 

porque más que compañeros en Hacienda, 
éramos todos verdaderos hermanos. 
Mat.. Gracias. (¡Insoportable!) 

Sep. (Se estira los pnños, que asoman una cuarta, los 

subalternos le imitan.) En estos momentos... 

tristes momentos... dolorosos momentos... 
(Rotundo.) ¡agobiadores momentos!... (Mira un 

instante a los demás que asienten.) la resignación 

es un bálsamo sacrosanto que ci... ca... tri. . 
za... rá, sí, las heridas del alma. (Aparte.) ¡La 
viuda es interesantísima! 

Mat. (indiferente.) ¿Estaban ustedes en el mismo 

negociado? 

Sep. Tabique de por medio. 

Ofic. 2.o Su señor marido tenía las «Cuentas corrien- 
tes» y unos servidores tenemos las «Cuen- 
tas atrasadas». 

Ofic. 3.o (ai Temporero.) Bastante atrasadas. 

Tem. Atrasadísimas. 

Mat, Mi marido me habló de ustedes muchas ve- 

ees; creo que son ustedes de quienes me ha- 
blaba. 

Sep. Seguramente. Nuestras relaciones oficiales 

nos tenían en continuo contacto. Todos los 
expedientes pagaban primero por sus manos 
y luego por las mías. El me ponía el visto y 
yo a él le estampillaba. 

Tem. ¡Pobre señor Paniagua! Tan puntual... 

Ofic. 2.o Tan minucioso.,. 

Ofic. 3.o Y tan probo... 

Sep. Dignísimo. Treinta y cuatro años escribien- 

do minutas y no hay en su vida un sólo bo- 
rrón (Pausa.) El pobre parecía que estaba 
temiendo la pulmonía. La tenía tomada con 
la mampara de la puerta. «La mampara- 
decía— es un abanico que nos va a dar un 
disgusto.» Y encargó a éste, al señor Novi- 
llo, (Por el Oficial 2.° que inclina la cabeza.) que es- 
cribiese coa letra gótica un cartel: «Sírvase 
usted cerrar la mampara muy despacio.» 
¡Qué talento de hombrel ¡Qué detalles!, ¡No 
se le escapaba nada! 

Tem. ¡Las broncas que me tenía echadas! Yo le 

quería por eso precisamente. 

Mat. En el fondo, mi marido, no era malo. 

Sep. Señoia, por Dios. Ni en el fondo ni en la 

superficie. Era un santo. Hoy lloramos todos 
su pérdida, que es bien sensible para la pa- 



— 13 — 

tria y para el negociado. Le lloraremos mu- 
cho. (Se enjuga unas lágrimas con el pañuelo; los 
demás hacen lo mismo y el Temporero saca el pañuelo» 
y se limpia la frente.) 

MaT. (Aparte.) No me faltaba más que esto. (Estre- 

meciéndose.) ¡Oh, e^tos nervios me martirizan^ 

Sep. Está usted nerviosa; claro, es natural... Nos- 

otros, una vez cumplido nuestro deber, 
nuestro triste deber, nos retiramos... Resig- 
nación, resignación y... nada más que resig- 
nación. 

Mat, ¿No han visto ustedes el último retrato de 

mi pobre Juan? 

Sep. (poreí cuadro.) ¡El retrato postumo del pobre- 

Panlagua! 

(Todos se levantan y van a mirar el cuadro.) 

Obic. 3.o ¡Está exactísimo! 
Tem. ¡Está clavado! 

Sep. Pero aquí falta algo. (Todos miran el cuadro a 

ver qué es lo que falta.) Aquí falta que le pon- 
gamos una corona de laurel. Una corona 
que corone la obra del pintor. ¿No les pare- 
ce, señores? 

Ofic. 2. o ¡Una idea muy grande! 

Sep. Señora, dentro de poco volveremos con la 

corona. No olvide usted que Paniagua y ya 
nos quisimos noblemente... Acompaño a 
usted en su justo dolor. 

Ofic. 2.o Lo mismo digo. 

Ofic. 3. o Repito. 

Tem. Con mucho gusto. 

(Matilde se dirige hacia una puerta de la lateral \z- 
quierda y desde allí «aluda con una inclinación de 
cabeza.) 

Mat. (Haciendo mutis.) ¡Inaguantables! 

(Sepúlveda y los Empleados cogen los sombreros cam- 
biados y ee los pasan unos a otros haciendo verdade- 
ros juegos malabares hasta que dan con el suyo. Al sa- 
lir por la derecha se encuentran con Sotero que entra.) 



ESCENA VI 

BOTERO, solo 

(Haciendo reverencias.) BeSO a Ustedes las ma- 
nos... Servidor de ustedes... ¿Quiénes serán 
estos calamares? (Pausa.) Matildita me ha 



— 14 — 

mandado dos avisos urgentes y no he que 
rido que llegase el tercero. ¿Qué querrá de 
mí?... ¡Misteriosas mujeres!... Siempre in- 
comprensibles, siempre enigmáticas, siem 
pre jeroglíficas... Lo he dejado todo, incluso 
mi partida de dominó, y me he apresurado 
a venir. Pero ¡cuánto molestan las muje- 
res!... Y si molestan fuera de nuestra casa, 
horroriza pensar lo que torturarán dentro 
del domicilio. Por eso no he pasado ni pasa 
ré. Antes que el matrimonio, la muerte. 

(Fijándose en el retrato.) ¡Hombre!... El retrato 

del pobre Juan!... Está muy bien... Y cuán- 
ta cruz le han puesto... ¡Pobre amigo!... Hoy 
hace quince días que jugamos la última 
partida de dominó... 



ESCENA Vil 

BOTERO y MATILDE 

Mat . (por la izquierda.) ¿Usted aquí, don Sotero, y yo 

sin saber que había usted venido? 

Sot. Recibí un recado urgente, urgentísimo, y me 

he apresurado... 

Mat. Sí, don Sotero, necesitaba que viniera usted 

en seguida. 

Sor. ¡Caracoles! Me pone usted en cuidado. 

Mat. Mi situación, en estos momentos, es muy 

comprometida. 

Sot. ¿Pero qué es lo que le ocurre a usted, Ma- 

tilde? 

Mat. Usted sabe cómo me ha dejado mi marido... 

Sot. Hombre, no lo sé, pero me lo figuro... ¡Quién 

había de decirlo, eh!... Salir con eso a últi- 
ma hora... 

Mat. Me ha dejado desamparada; ahora que es 

cuando más falta me hacía... 

Sot. Desamparada, no está usted, Matilde. Yo 

seré padrino de lo que nazca. 

Mat. ¿Pero qué disparates está usted diciendo? 

Sot. ¿Cómo disparates? 

Mat. Vamos a ver si nos entendemos, y vaya una 

pregunta por delante. ¿E^tá usted dispuesto 
a que sea ultrajada la memoria de aquel 
gran amigo de usted que se llamó Juan Pa- 
nlagua? 



~ 15 — 

Sot. Señora, por la memoria de sa difunto espo- 

so estoy dispuesto a todo. Treinta años de 
cordialísima amistad obligan a mucho. En 
los treinta años sólo me dio un disgasto: ca- 
sarse. 

Mat. Muchas gracias. 

Sot. Soy franco y digo lo que siento... Ya sabe 

usted, Matilde, que el matrimonio me pare- 
ce una monstruosidad. 

Mat. Sí, sí, lo de todos los camastrones, y luego, 

el día menos pensado, caerá usted con la 
cocinera. 

Sot. Yo no sé si la cocinera caerá conmigo, pero 

lo que es yo con la cocinera, no caigo. Pero, 
¿quiere usted decirme a qué he venido aquí? 
Porque continúo sin saber nada. 

Mat. Yo tuve un novio, don Sotero. 

Sot. ¡Caramba! ¿En vida de Juan? 

Mat. Antes de conocer a Juan. 

Sor. (Respirando.) ¡Ah, vamos! 

Mat. Un novio que era muy buen mozo, muy 

guapo, muy simpático, pero muy taramba- 
na, una bala perdida, una bala perdida que 
iba derecha al corazón. 

Sot. Así que usted le quiso. 

Mat. Sí, le quise mucho; pero nuestras relaciones 

tenían que terminar y terminaron. Aquel 
loco ee jugó las últimas pesetas que le que- 
daban. Llegó a un extremo en que todas las 
puertas se le cerraron. 

Sot. ¿Y la3 del corazón usted, también? 

Mat. Esas estaban entornadas. El pobre mucha- 

cho decidió marcharse a América, y a Bue- 
nos Aires se fué con la esperanza de naufra- 
gar en el viaje o de salir a flote después de 
algunos años de trabajo. 

Sot. Adelante. 

M*t. No volví a saber de aquel loco, y aunque al- 

gunas vece3 pensé en él, fué el tiempo cica- 
trizando la herida de mi corazón. Después 
conocí a Paniagua; mi madre, que ya estaba 
muy enferma, ante el temor de dejarme 
sola, me hizo casarme con aquel hombre que 
me llevaba treinta años; mi pobre madre 
murió tranquila y yo procuré hacer feliz a 
mi marido. 

Sot. Bueno, y la bala perdida que partió para 

América... 



— 16 — 

Mat. Siguió perdida... No volví a saber de mi an- 

tiguo novio hasta esta mañana que recibí 

esta carta SUya. (Le entrega un papel que lleva 
guardado en el ciuturón.) 

Sot. (Leyendo.) «Señora Doña Matilde Suárez. Mi 

distinguida amiga: Para entregara usted un 
encargo de su tío don Pedro Suárez (que en 
paz descanse), tendré el gusto de ir a verla 
esta tarde. Como se trata de un asunto que 
exclusivamente afecta a usted, a usted, y no 
a su esposo me dirijo. Su afectísimo amigo, 
que besa su. pies, Enrique Gutiérrez.» (Devol- 
viéndole la carta.) Opino que no le reciba us- 
ted. 

Mat. No tengo más remedio que recibirle. Sin du- 

da trae una misión delicada. Yo soy la úni- 
ca heredera de mi tío Pedro... 

Sot. No sé... no sé... Puede que haya sentado la 

cabeza; quizás vuelva casado, porque el nú- 
mero de tontos abunda. 

Mat. No; vuelve soltero. Me he informado por el 

mozo que ha traído la carta; sé que vuelve 
soltero, y como le conozco, temo que al en- 
contrarme viuda me asedie Con sus preten- 
siones amorosas. 

Sot. ¡Cómo! ¿Se atrevería cuando sólo lleva usted 

quince días de viudez? 

Mat. Usted no le conoce, don Sotero. Se atreve a 

todo. 

Sot. Es decir que para contener a ese hombre en 

los límites de la corrección... 

Mat. Me hace falta un marido. Enrique ignora mi 

viudez. Ya ha visto usted que en la carta 
habla de mi marido. 

Sot. De manera que usted quiere aparecer a los 

ojos de ese hombre como una mujer ca- 
sada. 

Mat. Precisamente. Y usted, mi buen don Sotero, 

ha de desempeñar en la comedia el papel de 
marido. 

Sot. ¿Quién, yo?... ¡Ni se lo imagine usted!... Es 

un papelito que no me gusta, ¡un embo- 
lado! 

Mat . Pero sí se trata de un matrimonio de bro- 

ma... 

Sot. ¡Pues esas son unas bromas que no me agra- 

dan! ¡Ni de chico he jugado a los matrimo- 
nios! 



— 17 — 

Mat. Pero, ¿no comprende usted que si ese hom- 

bre me ve sola, mañana está aquí otra vez, 
y al otro día y al otro?... ¡Pues bueno es el 
niño! 

Sot. Pero, ¿no comprende usted, Matilde, que yo, 

que reniego hasta del nefasto apellido de 
Casado que me legó mi padre, y así firmo 
siempre Soteró C. Porras, no puedo pasar 
por marido de nadie, porque hay cosas por 
las que no se puede pasar?... 

Mat. ¿Consentirá usted, entonces, que sea ultra- 

jada la memoria del pobre Juan, por un 
conquistador de oficio? ¿Ha olvidado usted 
que en sus últimos momentos me recomen- 
dó a usted mi malogrado esposo? 

Sot. ¡Basta! Estoy dispuesto a todo, por la me- 

moria de aquel santo; a todo menos a ocu- 
par el puesto que él desempeñó en esta 
casa. 

Mat. jUsted no me abandonará! 

(Suena muy deprisa el timbre de la puerta.) 

Sot. ¡Llaman! 

Mat. ¡-Será él! 

Sot. (Haciendo ademán de marcharse.) ¡Ela, buenas tar- 

des! 

Mat. (sujetándole.) ¡No, usted no se marcha! ¡Me 

encontrará con mi marido! 



ESCENA VIH 

MATILDE, SOTERO, DON PÍO y ANITA 

Don Pío aparece en la puerta del foro cargado de paquetes y una 

jaula con pájaro. Don Pío es un señor estrafalario, con cara de loro; 

habla muy deprisa y se pasea constantemente por la escena. 

Anita Señora, este caballero es... 

Pío Cuidado, cuidado con la jaula... 

Sot. (Aparte.) ¡Qué avechucho! ¿Será éste el nom- 

bre temible? 

Pío (a Anita.) Tenga usted la bondad de quitar- 

me el sombrero... Estaré sólo un instante... 
Cuatro palabras... 

(Anita le quita el sombrero y lo deja sobre una silla. 
Luego se va por la derecha,) 

Sot. (intentando cogerle la jaula.) Suelte usted el pá- 

jaro. 

2 



— 18 — 

Mat. Siéntese usted. 

Pío Nada, no se molesten. Yo no me siento nun- 

ca. No tengo tiempo ni de sentarme. Siem- 
pre volando. 

Sot. (Aparte,) jQué tipo más extraño! 

Pío He recibido su carta, señora. Soy el dueño 

del hotel... ¡Oh, el hotel es una monada!... 
Una habitación lindísima, una jaula precio- 
sa... Allí hay oxígeno, que es la vida. ¡Oxí- 
geno, mucho OXÍgenol... (Pasea por la escena muy 
deprisa.) 

Sot. ¡Aire, aire! 

Pío Decía usted... 

Sot. No, nada, que el aire es muy conveniente. 

Pío El hotel es suyo, completamente suyo, y en 

mil pesetas por toda la temporada veranie- 
ga. Ustedes van cuando quieran y en el mis- 
mo pueblo firmaremos el contrato. Ahora no 
puedo detenerme... Voy a la estación... Siem- 
pre volando... ' 

Sor. Se olvida usted del sombrero. 

Pío Es verdad. Tengo la cabeza a pájaros. A los 

pies de usted... Beso a usted la mano... He 
tenido mucho gusto. . 

Sot. Yo también he tenido... 

(Sale derecha corriendo.) 



ESCENA IX 

MATILDE y SOTERO, luego ANITA 

SOT. (Asomándose a la puerta y gritando.) ¡Que yo tam- 

bién he tenido mucho gustol... ¡Jesús, que 
pajarraco! 

M ^t . Mil pesetas por toda la temporada. Sin duda 

alguna me conviene el hotel. 

Sot. Sí, señora, y le conviene a usted marcharse 

cuanto antes Hoy mejor que mañana. 

Mat. Hoy es imposible. ¿Olvida usted que espero 

a Enrique Gutiérrez? 

Anita (Entrando por Ir derecha.) Señorita, un caballero 

pregunta por usted. 

Mat. ¡El! 

Sot. ¡Huyamos! 

Mat. ¡Don Sotero, no me abandone usted! 

Sot. Yo no me empujo toda la visita en calidad de 

marido, ¿estamos? 



— 19 - 

Mat. Pero de esta casa no sale usted. Pase usted a 

esta habitación (Por el primer término izquierda.) 

y si Enrique se propasa, si se interna en te- 
rreno vedado... 

Sot. Comprendido: salgo y le cazo. 

Mat . Si tal ocurre, yo toseré y esa será la señal para 

que haga usted su presentación. Ya lo sabe 
usted, don Sotero, si toso es que necesito la 
presencia de mi marido. 

-Sot. Un momento, Matilde. No puedo consentir 

que ese hombre haga una tontería delante 
de la efigie de mi amigo del alma. Recíbale 
usted en otra habitación. 

Mat. O llévese usted el retrato. 

Anita (Aparte.) ¡Tan pronto, y ya se lo llevan a la 

bohardilla! 

•Sot. (ai retrato que ha descolgado ) ¡Te ofrezco mi sa- 

crificio, inolvidable Juan! (Manchándose los de- 
dos.) Está fresco. 

Mat. Que pase ese señor. 

(Sale Anita por la derecha, Matilde se arregla un poco 
el peinado y Sotero hace mutis por la izquierda lleván- 
dose el cuadro.) 



ESCENA X 

MATILDE y ENRIQUE 

Enr. (Correctamente vestido de levita y con una cajita en 

la mano. Se detiene en el dintel de la puerta y saluda 
con una reverencia.) (Está más hermosa que 

nunca.) 
M\t. Adelante, señor Gutiérrez. 

TCnR. (Llegando hasta Matilde y saludándola un poco emo 

cionado.) Matilde, mi excelente amiga... Veo 

con gusto que me ha reconocido usted. 
Mat . Oh, no ha cambiado usted mucho... Un poco 

mas grueso y un poco más moreno. 
Enr. Pero, a veces, el olvido borra por completo 

la imagen del ausente. 
Mat. Ya ve usted, señor Gutiérrez, como el olvido 

no ha desempeñado su antipático papel en 

esta prolongada ausencia. 
Enr. Puesto que usted ]o afirma, Matilde, yo lo 

creo, y al creerlo me siento feliz. 
Mat. (Nerviosa.) No, no, si y o no e finio nada, nada 



— 20 — 

absolutamente... (Aparte.) ¡Ay, ay, ay, me pa- 
rece que vamos por muy mal camino! (Alto.) 
¿Decía usted? 

Enp. Creo que no decía nada, (pausa.) De manera 

que me encuentra usted un poco más mo- 
reno y un poco más grueso. 

Mat. Sí, y con más bigote. 

Enr. Han pasado ocho años, y en ocho años es 

natural que hayamos cambiado... 

Mat. ¿También yo estoy cambiada? 

Enr. Sí; la encuentro a usted más hermosa. 

Mat. (carraspeando.) ¡Qué picorcillo siento en la 

garganta! (Aparte.) Me parece que voy a to- 
sor. 

Enr. (ofreciéndole un caramelo empapelado.) ¿Quiere US* 

ted un caramelo? 

Mat. No, muchas gracias; no me gusta el dulce. 

Enr. En eso también ha cambiado usted. Hace 

ocho años se volvía usted loca por les bom- 
bones. 

Mat. ¿Hace ocho años?... Es posible... Pero aho- 

ra... 

Enr. Claro, ahora no es usted la niña golosa de 

entonces. Es usted una señora casada, ¡ca- 



Mat. ¿Vio usted a mi pobre tío poco antes de 

morir? 

Enr. Estuve al lado suyo en bus últimos momen- 

tos. La casualidad hizo que nos conociera- 
mos a los pocos días de llegar yo a Buenos 
Aires, y desde que cambiamos las primeras 
palabras fuimos excelentes amigos. Hablan- 
do, hablando, supe que era pariente de us- 
ted, y desde entonces le quise más. 

Mat. (Distraída.) Claro, desde entonces tuvo usted 

que quererle más... 

Enr. Por él supe la boda de usted. Un casamien- 

to de conveniencia. 

Mat. No, e?o no; un casamiento por amor. 

Enr . Me dijo su tío, que el esposo de usted, don 

Juan Paniagua, si mal no recuerdo, tenía 
bastante edad, que estaba muy atrope- 
llado. 

Mat. No lo crea usted, los hay más atropellados, 

y en cuanto a fuerte, es un roble, con unas 
energías y un geniazo... 

Enr. (Aparte.) Quiere asustarme, (auo.) ¿Está en ca- 

sa su marido? 



— 21 -e 

Mai . Sí, está en su despacho... Voy a avisarle... 

íSnr . No, no le moleste. Yo solo necesitaba ver a 

usted. Pocas horas antes de expirar me hizo 
reunir su tío todas sus joyas y enterado por 
mí de mi proyectado Viaje a España me dio 
el encargo de entregárselas a usted en propia 
mano... Aquí las tiene usted... (Entregándole la 

cajita y un papel que saca del bolsillo.) Esta es la 

relación de las joyas firmada por su tío. 
Tenga usted la bondad de ver si están todas. 

M\T. Claro que están todas. Lo único que tengo 

que hacer es dar a usted las gracias por las 
molestias que este encargo haya podido oca- 
sionarlo. 

£nr. Molestias, ninguna; placeres, uno: el de ver- 

la a usted. 

Mat. ¿Volverá usted a América? 

J£nr. ¿Para qué? He reunido un capital que me 

permite vivir con relativa holgura, mucho 
más no siendo aquel tarambana de hace 
ocho años. Ahora soy una persona formal. 
¿No lo crees, Matilde? 

Mat. (Aparte) ¡A.y, Dios mío!. . ¡De tu!... Ha llega- 

do el momento de toser. 

£nr. He regresado un poco tarde. ¿De queme 

sirve el dinero ni mi hombría de bien? Si 
como allá en América me aguardaba el di- 
nero, me hubiese esperado aquí el amor, a 
estas horas, ingrata, cien veces ingrata, pero 
adorable Matilde, nadie más feliz que yo. 

(Matilde tose fuerte, con tos convulsiva. Sotero, con 
cara de susto, asoma la cabeza por entre las cortinas 
de la primera lateral izquierda.) 



ESCENA XI 

DICHOS y SOTERO 

"Sot. (Desde la puerta.) ¡Llegó la hora trágica! ¿Qué 

habrá pasado aquí? 

MaT. (Presentándole.) Mi marido. 

Enr. Muy señor mío... 

Sor. Servidor de usted. 

Mm . El señor es don Eurique Gutiérrez, amigo de 

mi difunto tío Pedro. Ha venido a traerme 

las alhajas de mi pobre tío. 



— 22 — 

Sor. (Aparte.) Sí que debe ser una alhaja el punto 

éste. 

Enr. Y cumplida mi misión, con el permiso de 

ustedes me retiro. 

Sot. ¡Pues vaya usted con Dios! (Aparte.) Me pare- 

ce que estoy desempeñando bien el papelito 
de marido. 

Mat. ¿Tan pronto nos deja usted, señor Gutié- 

rrez? 

Sot. (Aparte.) ¡Anda, salero! A esta le parece 

pronto.., 

Enr. No puedo detenerme más; pero volveré. 

Sot. ¡No, eso no! Volver no vuelva usted. 

Mat. No, no vuelva usted, porque mañana mis- 

mo nos vamos de Madrid. El veraneo se im- 
pone. 

Enr. ¿Y van ustedes lejos? 

Sot. Sí, muy lejos; lejísimos... 

Enr. (Bajo a Matilde.) ¿Es decir que no nos veremos 

más? 

Mat. No nos veremos más. 

Enr. No me resigno. Vayas donde vayas, yo te 

buscaré. • 

Sor. (Escamado.) Creo que ahora soy yo el que de- 

be toser. (Tose.) 

Enr . (Despidiéndose de sotero.) Servidor de usted. En- 

rique Gutiérrez, en el hotel París, a sus ór- 
denes. 

Sot. Sotero... 

MAT. (Precipitadamente.) Juan... 

Sot. . Eso es. Juan Casado... Pan... Porras... Agua... 
Bueno, para servirle, (se limpia el sudor.) 

Enr. (Hace medio mutis y al pasar junto a Matilde habla a 

esta en voz baja.) Es inútil tu empeño; ¡te se» 

gui'ré! (Sale derecha.) 



ESCENA XII 

MATILDE, SOTERO, ANITA 

Sot. Esto del matrimonio es superior a mis fuer- 

zas. Un cuarto de hora de marido y ya sien- 
to vértigos. 

Mat. ;Ay, don Sotero, don Sotero; qué desgracia- 

da soy! Ese hombre es mi castigo. 

Sot. Y el mío, el mío también. 



— 23 — 

Mat. Ahora que le he visto, ahora que he habla- 

do con él, le temo más que nunca; le temo... 
(Aparte.) y me temo. (Alto.) Mañana mismo 
salgo de Madrid. Tomillares será conmigo. 
Usted me acompañará hasta el pueblo, don 
Sotero. 

Sot. ¿Quién, yo?... 

Mvr. Sí, usted. Yo no puedo ir sola. Figúrese us- 

ted que ese hombre me sigue los pasos y que 
me encuentra en Tomillares. ¡No quiero pen- 
sarlo! 

Soi. ¡Ni yol ¿De manera que a Tomillares? 

Mat. Mañana mismo. Y en cuanto nos convenza- 

mos de que no me ha seguido, recobra us- 
ted la libertad. 

Sot. ¡Me va a parecer mentira! 

MaT. ¡Anita! (Entra Ana por la derecha.) Arregla el 

equipaje en seguida. Mañana salimos para 
Tomillares. Don Sotero nos acompaña. Para 
todo el mundo, ¿lo oyes bien?, para todo el 
mundo y hasta nueva orden don Sotero es 
mi marido. 

Sot. jZam bomba! 

Anita ¡¡Su marido!! 

Mat. (Paseando por la escena.) ¡Qué nerviosa estoy! 

Sot. Y yo, yo también estoy muy nervioso... 

Mat. Anita, una taza de tila. 

Sot. (Hablando consigo.) ¡Qué situación!... Casado dé 

repente; mañana el viaje de novios... ¡Horri- 
ble!... Anita, otra taza de tila... (sale Ana.) 



ESCENA ULTIMA 

Matilde, sotero, sepúlveda, oficiales 2° y 3. 8 , tempore- 
ros y ANITA 

Mat . ¡Usted es mi sostén, don Sotero! La salva- 

guardia de mi honor. 

Sot. (Algo conmovido.) ¡Matilde! .. Usted es una mu- 

jer buena... No la abandonaré a usted. 

Mat. Gracias, don Sotero, muchas gracias. 

Sot. Vive en mí muy arraigado el recuerdo de 

aquel amigo queridísimo, de aquel hermano. 
¡Pobre Juan! 

Mat. ¡Pobre espOSO mío! (Matilde y Sotero se abrazan. 

En este momento entran por la derecha SepúLveda, los 






— 24 — 

Oficiales y el Temporero. Al ver a Matilde y tíotero 
abrazados, Sepúlveda deja caer la corona que trae eu 
la mano: los demás casi se desmayan, sosteniéndose 
unos a otros; el Temporero se vuelve de espaldas. Ani- 
ta, que entra por la derecha, con las tazas de tila, al 
ver a Matilde y Sotero, las deja caer. Todo rapi- 
dísimo.) 

Sep. ¡Y esto a los quince días de fenecido! 

Anita ¡Ave María Purísimal (Telón rápido.) 



Ti 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



¡I il II ii I! il „ I! . ii )l II ■ ■ i: t> ■■ . II II II II II II I 



ACTO SEGUNDO 



Un gabinete elegante y alegre en una casa de campo en Tomillares. 
Foro de jardín. 



ESCENA PRIMERA 

DOÑ\ VICTORIA, BLANCA, LOLITA, EL GENERAL, SOTERO y 
NEMESIO, criado. Lolita y Blanca terminan una figura de sevilla- 
nas. Doña Victoria toca el piano. El General, aplaude 

Gen. iBravo, bravo!... Pintoresco.., Bien por las 

bailaorah y por la pianista. 

SOT. (Entrando, a Nemesio.) ¿Ha venido alguien? 

Nem. Sí, un señor preguntando por usted. Dice 

que es muy amigo suyo, que han estudiao lis- 
tes juntos, que le quiere a usted mucho. 

Sot. (Aparte.) ¿Un amigo de la infancia? Este es el 

que lo desbarata todo. (Alto.) ¿Te ha dicho su 
nombre? 

Nem. Se llama... se llama... me paice que me ha 

dicho don Roque. 

Sot. (Recordando.) Roque... Roque... No he conoci- 

do a ningún Roque. 

Nem. También ha venío el director de la banda a 

anunciar que esta noche vendrán a darle a 
usté una serenata. 

Sot. ¡Para músicas estoy yo! 

Gen. ¡Si está aquí don Juan!... Hemos tomado su 

casa por asalto, querido don Juanl (se sa- 

ludau.) 

Sot. Son ustedes muy dueños. 

Gen. ¿Qué tal la excursión, señor de Paniagua? 



— 26 — 

Sot. Desastrosa. 

Vic j . ¿Han ido ustedes a la presa? 

Sut. No puedo decirle a usted si ha sido a la pre- 

sa precisamente; lo único que sé es que me 
he dado un chapuzón en un arroyo. 

Gen. ¿Y su señora de usted? 

Sot. La perdí de vista. Mi burro, que tiene muy 

mala intención, dio media vuelta a la dere- 
cha y emprendió el regreso con un trote co- 
chinero del que no hubo forma de hacerle 
desistir. 

Vict. ¿^ se ha quedado sola su señora de usted? 

Puede perderse. 

Sot. No, si no está sola. La acompaña ese amigo 

nuestro que está veraneando aquí. 

Gen. ¡Ah, vamos! Enriquito Gutiérrez. 

Vict. Ese joven que les acompaña a ustedes a to- 

das partes. 

Blan. Es un muchacho muy simpático. 

cSot. ¡Muchol 

l, ola Y muy distinguido. 

Gín. (a doña victoria.) Por lo menos, Matildita le 

distingue bastante. 

Vict. Creo que son algo parientes. 

Gen. Amigos de la infancia. Han jugado juntos. 

¡Pintorescol 



ESCENA II 

riCHOS, CAROLA y PAC1TA con palas de jugar al «tennis»; al final 

Matilde y enjrique 

Car. (Entrando.) ¡Ja, ja, ja! ¡Qué pelotazo le he da- 

do al juez! 

Gen. ¡Hola, pimpollos! ¿Dejugaral pim-pam-pum 

con las autoridades, eh? 

Vict. Pero, hijas, qué sofocadas venís. 

Sot. ¿Estas pollitas son también hijas de usted? 

Vict. ¿Cómo, no las conocía usted? Bien es verdad 

que no ven a nadie; están dedicadas al sport 
y se pasan la mañana jugando al tennis y la 
tarde entretenidas con el golf. 

Sot. Hacen bien. ¿De manera que son cuatro las 

que tiene usted? 

Gen. Y cada una de su padre. 

Sot. ¿Qué dice usted, hombre? 



— 27 — 

Vict. Sí, señor. Esta es de mi primer marido, que 

era capitán; la misma cara de su padre; esta 
otra, del segundo, también la misma cara; 
Pacita es del tercero y Carola, que es la me. 
ñor, fruto de mi cuarto matrimonio, con el 
coronel Pacheco. 

Sot. Pero, ¿ha tenido usted valor para casarse 

cuatro veces? 

JBlan. Mamá, ¿quieres que vayamos a la plaza? 

Esta tarde hay música. 

Vict. Sí, vamo3. Creo que tocan La viuda alegre. 

A mí me entusiasma La viuda alegre. 

Gen, Y a mí. Las acompañaré. 

Vict. Hasta luego, don Juan; después de la músi- 

ca volveremos a saludar a Matilde. 

Gen. (Aparte.) Si es que ha parecido. 

Sot. Vaya usted con Dios, simpática vecina. 

Adiós, pollitas. 

Gen. Hasta luego, afortunado marido. (Aparte.) 

Este hombre es un infeliz, (se despiden.) 

Vict. Niñas, andad delante. 

Gen. Y nosotros dos detrás, hablando de nues- 

tras cosas. Ha de saber usted, Victoria... (l© 

habla en voz baja.) 

Vict. Es usted tremendo, General. 

Sot. ¡Casada cuatro vecesl... Y aun.., aun... Para 

mí. que el General va a hacer el quinto. 
Gen. ¡Ya están aquí los expedicionarios! 

(Llegan Matilde y Enrique y ee detienen en la puerta, 
despidiéndose de doña Victoria, las niñas y el General-) 

Mat. ¿Se van ustedes porque llegamos nosotros?' 

Vict. Hemos estado esperándoles un buen rato. 

Pac. Vamos a la música. 

Vict. Luego volveremos. 

Enr. Pues hasta luego, señores. 

Mat. Adiós, vecinos. 

. (Salen foro.) 



ESCENA III 

MATILDE, SOTERO, ENRIQUE 

Mat. ¡Pero si está aquí mi maridito! 

Enr. Querido don Juan, llevaba usted un burro- 

que se perdía de vista. ¡Qué modo de correr! 
Mat. Ya, ya; no hay 4 uien lo alcance, (se sienta.) 

¿No se sienta usted, Enrique? 



Enr. Voy un rato al Casino. (Aparte a Matilde.) Pa- 

rece que tiene mala cara. 

Mat, (Dándole la mano.) Hasta pronto. 

Enr. Hasta luego, don Juan. 

Soi. ¡Vaya usted con Dios! 

Enr. (Haciendo mutis foro.) Me parece que está esca- 

mado. 



- ESCENA IV 

MATILDE y SOTERO 

Sot. ¡Así no podemos continuar, señoral 

Max. ¿Y qué culpa tengo yo de todo eso? 

Sot. ¡A que resulta que soy yo el que tiene la 

culpa! 

Mat. Usted vino a acompañarme a este pueblo... 

'Sor. ¡Porque usted se empeñól 

Mat. Pero usted sabe que solo vino a acompa- 

ñarme. 

Sor. Y, sin embargo, estoy aquí. 

Mat. Porque tuvimos la desgracia de que Enri- 

que me siguió los pasos; hizo el viaje en el 
mismo tren que nosotros y se instaló en este 
pueblo a pasar el verano. 

-Sor. ¿Y usted por qué no se ha ido a otra parte? 

Mat. Porque me hubiera seguido. 

Sot. Pues yo no puedo resistir más. Los criados 

me llaman el pobre señor; el General me 
mira con lástima; nuestra vecina doña Vic- 
toria, ese monstruo que se ha casado cuatro 
veces y que, por lo tanto, entiende mucho 
de maridos, me dedica de cuando en cuan- 
do unas puyas que me hacen muy poca 
gracia, y hasta una de las niñas de doña 
Victoria me dijo ayer que yo era el marido 
ideal. ¡La niña se las trael 

Mat. Bueno, ¿y todo eso a qué viene? 

*3ot. Yo no puedo decirle a usted a que viene 

todo eso; lo único que le digo es que Panla- 
gua se ha muerto a tiempo y que yo voy a 
hacerle compañía muy pronto si no termi- 
na esta situación. 

Mat. Exagera usted, don Sotero. Enrique se man- 

tiene en los justos límites. Ha vuelto muy 
formal y muy razonable. 



— 29 — • 



ESCENA V 

DICHOS y DON ANTONIO por el foro, coa sotana, gorrito y escopeta 
colgada del hombro 

Ant. (Entrando.) El cazador se mete en el mismo 

nido, pero no hay cuidado: llega en son de- 
paz. 

Mat. Estos pájaros no se asustan, don Antonio. 

Sot. Estamos curados de espanto. 

Ant. He sorprendido el idilio. 

Mat. No lo crea usted; hablábamos del tiempo. 

Ant. ¡Bah! ¿Para qué disimular? Demasiado se 

conoce que son ustedes unos esposos aman, 
tísimos. Entienden ustedes el matrimonio 
como lo entendía San Pablo. 

Sot. (Aparte.) Pues estaba lucido San Pablo. 

Mat. Nos llevamos muy bien. 

Sot. ¡No ha habido entre nosotros el más peque- 

ño disgusto! 

Ant, Usted es un hombre feliz, don Juan. Real- 

mente, el hombre que no abraza la carrera 
eclesiástica, debe casarse. 

Sot. Sí, señor; la cuestión es abrazar algo; [pero 

algo de verasl 

Ant. Usted, don Juan, siempre tan alegre. Y es- 

pere usted, que más lo estará cuando el cie- 
lo le envíe un ángel que perpetúe el ape- 
llido. 

Mat, (Riendo.) ¡Qué ocurrencia! 

Sot. (Aparte.) ,Sólo me faltaba el milagro de un 

angelito! 

Ant. Sepa usted que yo quiero bautizarlo. Aun- 

que estén ustedes en Madrid, yo iré a bau- 
tizarlo. 

Mat. Conformes, si llega el caso... 

Sot. ¿Cómo, si llega el caso? (;Esto se complica!) 

Ant. Vaya, hasta la noche. Voy a tomar mi cho- 

colate. 

Mat. Si quiere usted tomarlo con nosotros.,. 

Ant. (Haciendo mutis por el foro.) No quiero inte- 

rrumpir con mi presencia este idilio tan 
venturoso. 

Sot. (Haciendo mutis por la izquierda.) ¡Hombre feliz!... 

¡Feliz, porque no hay manera de casarlo! 
Mat. ¡Qué gracioso es este cura!... ¡Si él supiera!... 






— 30 — 

ESCENA VI 

MATILDE y ENRIQUE 

En h. (por ia parte de fuera.) ¡Matilde!... ¡Matilde! 

¿Estás sola? 

Mat. Sí. 

Enr. ¿Puedo entrar? 

Mat. Entra. 

Enk. ¿Y tu marido? 

Mat. Se fué. 

Enr. ¿Volverá? 

Mat. (suspirando.) ¡Claro que volverá! 

Enr. (Entrando.) ¡Qué elocuencia tiene ese suspiro! 

Mat. No des a los suspiros interpretaciones capri- 

chosas. 

Enr. ¿Sigue escamado tu marido? 

Mat. No me he ocupado de eso. 

Enr. ¿Sigues queriéndome mucho? 

Mat. En mi situación esa pregunta es imperti- 

nente. 

Enr. ¡Tu situación!... ¡Hay maridos que no se 

mueren nunca! 

Mat. Enrique, por Dios... 

Enp. (Cogiéndole amoroso una mano.) Y pensar, amor 

mío, que de no existir tu marido podríamos 
casarnos, unir nuestras vidas, ser dichosos, 
muy dichosos... 

(En este momento entra Sotero por la izquierda y al 
verlos amartelados, da media vuelta y sale tarareando 
distraídamente.) 

Mat. ¡Enrique! 

Enr. ¿Por qué no te habré encontrado libre, Ma- 

tilde? 

Mat. ' (Aparte) Por una tontería mía; bien arrepen- 
tida estoy. 

Enr. ¿En qué piensas? 

Mat. ¡Qué sé yo! ¡Vete! 

Enr. En mí, ¿verdad? En lo dichosa que serías 

casada conmigo. 

Mat. ¡Vete! 

Enr. ¡Hasta prontol 

Mat. (Aparte.) ¡Lo que estorba un marido, aunque 

sea de pega! 

(Amorosamente llegan hasta la puerta. Enrique sale 
por el íoro y Matilde por la casa.) 



- 31 — 
ESCENA VII 

BOTERO y el GENERAL 

Sot. (Por la izquierda.) ¿Se habrán ido ya? 

Gen. (por ei foro.) Salía de aquí. Han estado jun- 

tos. ¡Qué escándalo! 

Sot. ]Mi general! 

Gen. Como sé que le preparan a usted una sere- 

nata para esta noche, me he adelantado, 
porque tenemos que hablar, (con misterio.) 

Sot. ¿Tenemos que hablar? 

Gen. Sí, señor. 

Sot. Pues hablemos. 

Gen. ¡Chist!... ¡Silencio! 

Sot. En qué quedamos, ¿tenemos que hablar o 

tenemos que callarnos? 

GEN. Siéntese usted. (Se sientan los dos al lado del ve- 

lador.) ¿Estamos realmente solos? 

Sot. (Aparte.) ¡Pero qué empeño tiene este hombre 

en que estemos solosl (Alto.) Sí, señor, esta- 
mos solos. 

Gen. Pues hablemos. ¡Está usted vendidol 

Sot. Alquilado nada más. 

Gen. ¡Está usted entre bandidos! 

Sot. ¡Caracoles! 

Gen. Todos conspiran contra usted, todos le ven- 

den: la doncella de Matilde es una infame, 
el jardinero es un traidor, la cocinera es una 
cochina... 

Sot. Bueno, ¿pero a qué viene todo eso? 

Gen. ¿Es usted hombre fuerte? 

Sot. Regular. 

Gen. ¿Puede usted resistir sin quebranto un gol- 

pe rudo? 

Sot. Hombre, según donde sea el golpe. 

Gen. En el honor. 

S t. ¿En el honor? Puedo resistirlo. 

Gen. A un hombre que es tal hombre, se le de- 

ben decir las cosas como a los hombres. 

Sot. ¡Vaya, hombre, vaya! 

Gen. (con misterio.) Lo he averiguado todo. 

Sot. ¿Todo? (Aparte.) ¡Se acabó el alquiler! Este 

deshace mi matrimonio. 

Gen. ¡Su mujer de usted le engaña! 

Sot. Me deja usted helado! 



— 32 — 

Gen. Su mujer de usted le engaña con su mejor 

amigo: con Enriquito Gutiérrez. 

Sot. Me lo figuraba. 

Gen. ¿Y lo dice usted con esa frescura? 

Sot. Ya le he dicho a usted que me he quedado 

helado. 

Gen. Yo soy un hombre de honor; yo no puedo 

tolerar que un hombre honrado como usted 
esté en entredicho. 

Sot. Pero, ¿usted sabe? 

Gen. Lo sé yo y Jo sabe todo el pueblo, es la co- 

midilla de la colonia veraniega; la diversión 
del casino. 

Sot. Pero, ¿quién ha podido averiguar?... Eso es 

una calumnia. 

Gen. Desgraciadamente no es una calumnia. Es 

una mancha que han echado sobre el honor 
de usted, don Juan. 

Sot. Pero, ¿quién lo dice? 

Gen. Quien tiene pruebas: don Faustino, el juez 

municipal. Juzgue usted si serán ciertas 
sus denuncias! No hay lugar a dudas. Don 
Faustino oyó esta misma tarde, cuando pa- 
seaba por el campo, estas palabras: «Rico, 
rica», «chato, chata». 

Sot. «(Chato, chata.» 

Gen. ¡Calcule usted! 

Sot. Bueno; pero, ¿quiénes eran esos chatos? 

Gen. Usted está en el Limbo. ¿Quiénes habían 

de ser? Su esposa de usted y Enriquito Gu- 
tiérrez. 

Sor. (Levantándose.) ¡Ah, los infames! (Vuelve a sen- 

tarse tranquilamente.) 

Gen. Comprenderá usted que hay que tomar una 

resolución rápida y terminante. 

Sot. ¿Qué quiere usted decir con eso? 

Gen. Que tiene usted que batirse con el infame 

seductor. 

Sot. ¿Que tengo yo que batirme, con el infame 

seductor? 

Gen. jNaturalmente! ¿Ha olvidado usted lo de 

«chata, chato»? El desafío es inminente. 
Esto tiene que resolverse pronto. Usted 
nombra dos padrinos para que visiten a 
Enrique Gutiérrez y le exijan la debida re- 
paración sobre el terreno. Yo actuaré de 
juez de campo para que el lance se lleve 
con verdadera formalidad. 






— 33 — 

Sot. ¿Y no habría medio de evitar la efusión de 

sangre?... Lo digo por él.... y por ella... Por 
evitarla un disgusto... Si fuera posible llegar 
a un arreglo... 

Gín. Pero, ¿qué está usted diciendo? ¡Hay que ir 

al desafío'... Las manchas en el honor hay 
que lavarlas... 

Sot. Sí, señor; hay que lavarlas, dándose un ja- 

bón morrocotudo. 

Gen. Las condiciones han de ser duras, como co- 

rresponde a la calidad de la ofensa. Yo, 
como juez de campo, cargaré las pistolas y 
llevaré de repuesto tres cargadores más. 

Sot. (Aparte.) ¡Pero qué cargante es este tío! 

Gen. (a sotero) Como el lance será grave, para no 

comprometer a los padrinos escriba usted 
una esquela en estos términos: «Señor Juez, 
no se culpe a nadie de mi muerte...» ¿Com- 
prendido? Una esquela qua diga... 

Sot. Sí, vamos, una esquela de defunción. 

Gen. (saliendo.) Mucho ánimo: mañana valiente, 

y esta noche sereno. No digo más. 

Sct. ¡Ya has dicho bastante! ¡Qué bruto! (se 

sienta.) 



ESCENA VIII 

SOTERO, ROQUE y NEMESIO 
(Por la puerta de foro entran Roque y Nemesio.) 

Nem. Ahí le tiene usté.. 

Roque Calla... ¡Menuda sorpresa le voy a dar!... 
¡Treinta años que no nos vemos! 

(Nemesio sale derecha. Roque se dirige de puntillas y 
con expresión alegre hacia Sotero y le tapa los ojos 
con las manos.) 

Sor. ¡Socorro! 

Roque ¿A que no adivinas quién soy?... Buena sor- 
presa vas a llevarte, querido Paniagua! (se- 
parándose de él bastantes pasos y mirándole frente a 
frente.) ¿Me reconoces? 

Sot. (¿Quién será este camueso?) No, no tengo el 

gusto... 

Roque Sí, hombre, sí. . Soy tu gran amigóte de la 
juventud: Roque, tu inseparable Roque. ¿No 
te acuerdas de Roque Villalón? 

Sor. ¡Conque mi inseparable Roque! 

8 



^- 34 — 



Roque Sí, hombre, sí; estudiamos juntos tres años. 
Vivíamos en la misma casa de huéspedes, 
en casa de doña Fidela, en la calle del 
Acuerdo... 

Sot. (pensativo.) Del Acuerdo... del Acuerdo... ¡Pues 

no me suena! 

Roque ¡Caramba, con Juanito!... Chico qué cambia- 
do estás. 

Sot. ¡Pues anda que tú, estás bueno! 

Roque Pero, ¿qué haces ahí como un palomino 
atontado? ¡Ven a mis brazos! ¡Oh, gran Pa- 
nlagua! 

Sot. (Abrazándose.) ¡Vaya, vaya, con el amigo Vi- 

llalón! 

Roque ¡Cuánto hemos cambiado, chico! Tú has en- 
vejecido mucho. 

Sot. Pues mira, ha sido en un instante. 

Roque Seguramente que si me ves por la calle no 
me conoces. 

Sot. Puedes estar seguro. 

Hoque En cuanto me enteré de que estabas vera- 
neando aquí con tu señora, a quien tengo 
verdaderos deseos de conocer, me dije: ¡qué 
sorpresa le voy a dar al amigo Paniagua. 

Sot. Sí, sí que ha sido una sorpresa. 

Roque Pero, chico, te miro y no te conozco. Eres 
otro completamente. 

Sot. Completamente otro. 

Roque Ya sé que has hecho una buena carrera. 

Sot. ¡Una suerte loca! 

Roque Yo también he subido bastante. Colgué los 

libros e ingresé en las oficinas de una Com- 
pañía de Seguros... Y no puedo quejarme. 
Ya ves: hace un año que soy inspector gene- 
ral. Conque, si quieres asegurarte la vida... 

Sot. (¡Qué vista tiene este hombre pai a los ne- 

gocios!) 

Roque ¡Qué casualidad el que los dos hayamos 

elegido el mismo punto veraniego!... Ahora 
que he tenido la dicha de encontrarte, pasa- 
remos grandes ratos juntos. 

Sot. (¡Buen pelmazo! No sólo cargo con la viuda, 

sino con los amigos del difunto.) 

Roque Pero, ¿qué te pasa?... Te encuentro triste, 
abatido; tú siempre fuiste alegre. 

Sot. Sí, pero las circunstancias... 

Roque Abre el pecho al mejor de tus amigos. ¿Qué 
tienes? 



— 35 - 

Sot. ¡Un miedo terrible! 

Rcque Me pones en cuidado... 

Sot. El que está con muchísimo cuidado soy yo. 

Roque ¿Qué quieres decir? Dímelo todo. ¿En qué 

puedo serte útil? ¿Qué quieres de mí"? 

Sot. Que me saques un billete para Madrid: ne- 

cesito marcharme. 

Roque ¿Marcharte?. . ¿Por qué? 

Sot. Porque... porque mi mujer .. 

Roque Habla... no te entiendo... 

Sot. (¿Cómo se lo diría a este bárbaro?) ¡Me la 

quieren dar con queso y amigo Villalón! 

Roque ¿Te engaña tu mujer y tú huyes?... No eres 
el Juan de antes. 

Sot. (Ni el de ahora.) 

Roque Estos asuntos Ee resuelven a tiros. 

Sot. Te advierto que hay aquí veraneando un 

general que opina lo mismo. Quiere que 
me bata. Pero tú evitarás el lance, prote- 
giendo mi fuga. 

Roque ¡Nunca! liso nunca. No impediré que mi 

gran amigo Paniagua castigue al infame 
seductor. ¿Tienes padrinos? 

Sot. Estoy completamente desamparado. 

Roque Yo seré uno de tus padrinos; no te abando- 

naré en estos momentos. Voy en busca del 
otro padrino, (sale foro.) 



ESCENA IX 

SOTERO, solo 

Sot. ¡Qué noche más triste!.. ¡Qué lúgubre!... 

(Persiguiendo con el pañuelo a un moscardón ) 

¡Anda, salero, un moscardón!. . Tengo que 
escribir la carta que me ha indicado el Ge- 
neral... ¡Qué horrible es todo esto!... Un 
hombre como yo, lleno de vida y lleno de 
miedo, tener que recibir cuatro tiros a fecha 

fija... Esto es inhumano... (Se sienta ante la mesa 
que hay en el centro de la habitación y se dispone a 

escribir.) Voy a jugarme la última carti.. 
(Escribiendo.) «Señor Juez...» Caramba, qué 
mal tengo el pulso... Este juez no le conoce 
ni el Presidente de la Audiencia... Me ha 
salido la jota con tres rabos... Y es que no 
estoy yo para jotas... 



— 36 - 

(Se oye dentro una voz de hombre que pasa, algo- 
lejos, cantando una jota ) 

Una voz Cuando ya esté muerto y frió, 

ves a mi tumba a rezar, 
ya que mi alma, por tu culpa, 
en el infierno estará. 
Sot. ¡La coplita se las trae!... Es de una oportu- 

nidad aterradora... «Señor Juez... (Escribiendo.) 
Cúlpese al General de mi muerte...» 



ESCENA ULTIMA 

SOTERO y MATILDE 
Mat. (Por el recibimiento.) Don Sotero... 

Sot. ¿Eh, quién?... ¿Quién anda ahí? 

Mat. No, se asuste usted. 

Sor. Si no me asusto. 

Mat. ¿Esta usted escribiendo? 

Sot. Mi última voluntad. 

Mat. ¿Qué está usted diciendo? 

Sot. Sépalo usted todo, señora: mañana me bato 

con Enrique. 

Mat. ¡Eso es imposible! 

Sor. Eso digo yo; pero el General se empeña en 

que sí es posible. 

Mat. Pero ¿qué tiene que ver el General? 

Sot. Toma, que se ha enterado de que usted y 

Enrique se entienden, y como yo soy el 
marido de usted.,. 

Mat. ¡Qué infamia!... ¡Qué calumnia!... Tiene us- 

ted que pedir una explicación al General. 

Sot. ¡No, yo no pido explicaciones a nadie! 

Mat. ¿Enrique sabe?... 

Sor. Hasta ahora me estoy pasando el disgusto 

sólito. 

Mat. Ese lance no se efectuará: lo impediré yo... 

Si usted matara a Enrique... No quiero pen- 
sarlo... Me volvería loca... Porque, sépalo 
usted, don Sotero, estoy enamorada. 

Sot. Si ya lo sé; me lo ha dicho el General. 

Mat. Mi situación es desesperante, porque yo me 

casaría con Enrique. 

Sor. Y yo asistiría a la boda con muchísimo 

gusto. 

Mat. Pero no puedo cacarme; me estorba usted. 

S'ot. ¿Ahora resulta que estoy estorbando? ¿Sabe 



— 37 - 

usted lo que la digo?... Que yo me voy de 
este pueblo y ustedes se las arreglan como 
puedan. 

Mat. Sí; usted se marcha esta uoche en el tren 

de las nueve y media; . 

Sot. ¿De las nueve y media?... ¿No pasará otro 

antes? 

Mat. Pero no basta que usted se vaya; yo necesi- 

to recobrar mi libertad. 

Sot. Y yo. 

Mat. Yo necesito ser para Enrique lo que en rea 

lidad soy: una mujer viuda... Yo necesito 
que se muera usted. 

Sot. ¡Caracoles!... ¿También eso? 

Mat. Es la única solución para que yo pueda ca- 

sarme con, el hombre a quien amo. 

Sot. ¡Pues yo ño me muero, eal 

Mat. Todo se puede arreglar, don Sotero. Tengo 

una solución admirable. Usted se marcha 
esta misma noche, y digo a todos que un 
asunto urgentísimo le ha obligado a partir... 
Y mañana me envía usted mismo desde 
Madrid un telegrama dicíéndome que se ha 
muerto... 

Sot. A ver, a ver, ¿cómo es eso? .. Me muero y 

después le envío a usted un telegrama di- 
ciendo que he llegado sin novedad... 

Mat. No sea usted torpe, don Sotero. Al telegra- 

ma le pone usted una firma cualquiera: 
Pérez, López, cualquiera, como si otro tele- 
grafiara la muerte repentina de usted, es 
decir, de don Juan Panlagua. ¿Qué le pare- 
ce a usted mi idea? 

Sot. Muy bien. Marcharme me parece muy bien. 

JVIat. Pero ha de jurarme usted que me pondrá 

el telegrama en los términos que le he di- 
cho: «Murió repentinamente Juan Panla- 
gua.» Le guardaré a usted los meses obliga- 
torios de lutc, y cuando pase el tiempo 
preciso me caso y me voy con mi maridito 
a América. ¿Qué le parece a usted? 

Sot. Admirable; cuanto más lejos, mejor. ¿Dice 

usted que pasa un tren a las nueve y me- 
dia? 

M<vt. Sí, señor; no hay tiempo que perder. 

-Sot. Tenga usted la seguridad de que yo no 

pierdo ni un minuto. ¿Qué hora es?... 

Mat. Las nueve. 



- 88 — 

Soi. No puedo entretenerme. Mi sombrero... EE 

equipaje ya me lo enviará usted mañana en 
el primer tren. 

Mat No se entretenga usted, don Sotero. Ya sabe 

usted: un telegrama anunciando la muerte 
de mi marido. Don Sotero, por Dios, que se- 
hace tarde. 

Sot. Señora, que sea usted m\iy feliz y... muchas- 

gracias por todo. 

Mat. Con cuidado, don Sotero, que no le vean. 

Sot. La noche está oscura. Las sombras protegen 

mi huida. (En este momento se ilumina el foro. 
Gentes del pueblo con bengalas y antorchas llegan en 
unión de algunos murguistas tocando. Aterrado.) \Li2L 

serenata!... ¡Qué oportunidad!... 
Mat. ¡Por el corralillo, don Sotero; por el corralK 

lio! 
Una voz (Dentro.) |Viva don Juan Panlagua! 
Sor. ¡Pobre Paniagua! ¡Ni muerto te dejan en 

paz! 

(Telón rápido.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



'JÍJÍJULiiXÍJiÁMJD'd^^ 



ACTO TERCERO 



Hall de un lujoso hotel eu Barcelona. En el centro mesa con perió- 
dicos. En segundo término derecha, comptoir. En la pared, un 
cuadro de llaves, un casillero de cartas, un cuadro de timbres, 
otro de luz eléctrica y un teléfono. Una puerta grande al loro, 
que es le de entrada a la fonda; otra en el lateral derecha, que 
es la que da acceso al comedor; y en el mismo lateral, pero en 
segundo término, escalera lujosa que conduce a las habitaciones 
de los huéspedes. 



ESCENA PRIMERA 

CHUNGA, ROQUE VILLALON, el FONDISTA y DOMINGO 

(Al levantarse el telón Chunga está sentada en una 
mecedora, abanicándose perezosamente. Sobre la falda 
tiene un perrito muy feo.) 
ChUN. (Con exagerado acento cubano.) ¡Grasia a DÍÓ que 

ha terminado la charaogal.. . No ejecutan 
mas que música ramplona; no saben danso- 
nes, cosa rica... (por el perro.) Y este samacuco 
se ha dormio con el sonsonete... [Domingo!... 
|Domingo!... 

Dom. (por el foro.) Mí ama.. 

Chun. Llévate este samacuco, que se ha quedado 

COmO Un chongo, (oomingo se lleva el perro en 

brazos.) Anda, acuéstalo... 

ROQUE (Dirigiéndose al fondista.) Oiga U8ted: COmO 

esta noche salgo para Palma de Mallorca, 
no deje usted de enviarme toda la corres- 
pondencia a la lista de Correos. Ya sabe 



- 40 — 



usted: Roque Villalón, inspector general de 
la Compañía de seguros <La Alianza». 
Fond. Descuide usted; ya he tomado nota. 

(Roque sale por la segunda izquierda.) 



ESCENA II 

El GENERAL y DOÑA VICTORIA 

GEN. (Por el foro, dando el brazo a doña Victoria.) ¿Quie- 

res que tomemos un vermú, mujercita? 

Vic. No hay necesidad; y sabes que siempie ten- 

go buen apetito. 

Gen. Y yo. Desde que me he casado soy otro. 

Antes, con una ensalada me quedaba satis- 
fecho. En cambio, ahora, jamón por la ma- 
ñana, jamón por la tarde y jamón por la 
noche. Me he convencido: el régimen vege- 
tariano no es para los casados. 

(se sientan.) 

Vic. ¿Sabes que estoy cansada, chatín mío? 

Gen. Pues tú no eres de las flojas. 

Vic. Es que hemos recorrido toda Barcelona. 

¡Qué hermosa ciudad! 

Gen. Alegre, limpia, florida... La única para pa- 

sar nuestra luna de miel. 

Vic. ¡Ay, nuestra luna!... . 

Gen. De rica miel. 

Vic. (Aparte ) La quinta, y la más sabrosa. 

Gen. Mañana iremos a Seo de Urgel; quiero que 

veas el lugar donde recibí el bautismo de 
fuego. ¡Qué carga di con mi sección! 

Vic. Precisamente en Seo de Urgel, y comba- 

tiendo contra los carlistas, perdió la vida mi 
primer marido. 

Gen. Unos caen y otros suben; es la ley de la 

guerra. Perdiste un capitán y has ganado 
un general. Es la ley de las compensacio- 
nes... Empezaste siendo una buena señora 
de tu casa y has llegado a ser una excelen- 
tísima señora. 

Vic. ¡He llegado a la cúspide! 

Gen. ¡Mimosillaí 

Vic. ¡Zalamero! 

Gen. Volveremos a Madrid el lunes; ¿te parece 

bien? 



— 41 — 

Vic. Estoy violenta por las niñas; ya ves, se han 

quedado solas con las criadas. 

Gen. No era cosa de traerlas. Son mayorcitas y 

no convenía que vieran nuestro idilio. 

Vic. Es verdad... Las pobrecillas estarán aburri- 

das. 

Gen. Ahora se entretienen con los preparativos 

del veraneo. 

Vic. En Tomillares se expansionan. 

Gen. Este verano ocuparemos el lindo hotel de 

don Pío; el que habitaron el difunto don 
Juan Paniagua y su casquivana esposa. 

Vic. jQué fin tuvo el pobre Paniagua! 

Gen. Se murió de miedo. No tuvo valor para 

afrontar el desafío y en su huida halló una 
muerte vulgar. Era un desdichado. 

Vic. Pues Matilde no dejaba de quererle. Cuan- 

do recibió el telegrama con la fatal noticia 
de la muerte de su marido, yo la vi llorar. 

<ten. ¡Lágrimas de alegría!... A estas horas puede 

que esté divirtiéndose con el famoso ami- 
guito. El brazo. Vamos al comedor. 

Vic. (cogiéndose del brazo.) ¡Qué dulce apoyo el bra- 

ZO de Un marido! (Salen izquierda.) 



ESCENA III 

3IATILDE, ENRIQUE y uu MOZO con maletas; entran por la derecha 

Enr. (ai mozo.) Deja ahí las maletas... Ya sabes, 

el equipaje hay que llevarlo al muelle. 

Mozo Muy bien, señor. ¿Los señores embarcan 

para América? 

ENk. Sí, para la Argentina, en el Ciudad Condal. 

MOZO Muy bien, Señor. (Sale derecha.). 

MAT. (Sentada en una mecedora.) Ya tengo deseos de 

verme lejos de España. 
Enr. ¡Te ha ido tan mal aquí! En América, a mi 

lado, te será amable la vida. 
Mat. Siempre estuvieron en América mis amores. 

Enr. Porque yo vivía en ella. 

Mat. Es verdad... Sólo por eso. 

Enr. Pese a tu casamiento, el amor que desperté 

en tu pecho fué el único que vivió en ti. 
Mat, De él no me quedó, con tu ausencia, sino el 

recuerdo, un recuerdo dulce, como todos los 

recuerdos que han sido esperanzas. 



-f- 42 — 

Enr. No vuelvas la mirada y el corazón al pasa- 

do. Sólo recuerdan los tristes y los viejos,.. 

Mat. ¡Enrique! 

Enr. ¡Mi dulce mujercita! ¡Cuánto te quierol 

¿Eres feliz a mi lado? 

Mat. Mucho. A veces me pregunto: pero ¿es posi- 

ble, pero estamos casados Enrique y yo? 

Enr. Pues sí; estamos casados; hace tres días y a 

los nueve meses justos de muerto Panlagua- 

Mat. No "hables de eso. 

Enr. Tienes razón; no hablemos de la muerte- 

ahora que la vida nos sonríe. 

Mat Ahora que tiene la vida el encantó de nuea 

tro amor. 



ESCENA IV 

DICHOS y el FONDISTA. Luego un CAMARERO 

Fond. (por el jardín.) ¿Los señores vienen a hospe- 
darse en la fonda? 

Enr. Sí. Aquí tiene usted mi tarjeta. 

Fond. ¿Son matrimonio? 

Enr. Claro, que matrimonio. Necesitamos un ga 

bínete con alcoba. 

Fond. Muy bien, (coge una llave.) 

Enr. Yo voy a la casa consignataria de vapores 

para sacar los equipajes. Sube tú al cuarto;, 
vuelvo en seguida. 

FOND. (a un Camarero que acude al llamamiento del timbre- 

que hace sonar el Fondista.) Acompaña a esta 
señora al 98. (Le da la llave. Un Camarero carga, 
con las maletas.) 

Enr. Hasta luego. 

Mat. No tardes. 

(sale Enrique por la derecha y Matilde y un Camarero- 
por Ja escalera.) 



ESCENA V 



CHUNGA, el FONDISTA y DOMINGO 



CHUN. (Entrando por la izquierda primer término, seguid» 

de Domingo.) ¡Esto no es come!... El cosinero es 
un sanguango... Siempre Jas mismas comi- 
das, que me son indigestas... Voy a morir de 



- 43 - 

Un asiento. . (Dando con p1 abanico sobre el libro 
en que escribe el Fondista.) ¿Lo Oye USted, señóf...- 

De un asiento. 

Fond, Señora... Tomaré nota de su queja. (Escri- 

biendo.) «La señora del 13, pu criado y su 
perro, no encuentran buenas las coñudas.* 

Chjn. Ya he dicho muchas venes que pongan ali- 

mentos cubanos. Pero no me atienden. Na 
ponen agiaco, ni mango, ni pina, ni agua* 
cate, ni plátanos fritos... ¿Y qué va una a 
come?... ¡Domingo!.». ¡Que me den un refres- 
co de guanábano, en seguida! 

Fond. ¿Guanábano? 

Chün. ¿Es que no lo hay? 

Fond. Si no lo hay se hace en un momento. 

Chün. ¡A ver, Domingo, anímate! ¿Qué hases ahi 
paraof ¡Muévete! 

Dom. Voy, mi ama. 

Chün. Vamos, vivito... 

(Domingo sale muy despacio por la segunda izquierda.) 1 

Fond . (Aparte.) El pobre se está muriendo. 

Chun. ¿Qué desía usted, señó? 

Fond. Que tiene usted un criado que es una pól- 
vora. 

Chün. También tiene la mandanga. 

Fond. Ya se le conoce. Con su permiso, voy a con 

tinuar. 

Chün. ¡Valiente cosinero más gandul!... Voy a bus- 
car el guanábano. 

Fond. (Aparte.) Pues no hay que darle poca guaya- 
ba a esta señora. 

(Chunga sale por segunda izquierda.) 



ESCENA VI 

SOTERO y el FONDISTA 
Sotero entra por la derecha con una maleta en cada mano 



Sot. (Dando un suspiro muy largo.) (A.y, Barcelona!.... 

Desde que abandoné aquel presidio de To- 
millares, en todas partes respiro un agrada- 
bilísimo ambiente de libertad... (Deja caerá 
un tiempo las dos maletas delante de la mesa del 
Fondista.) 

Fond. ¡Caballero! 



- 44 

13ot. Tranquilícese y tome asiento de mi persona. 

Deseo la habitación más alegre, más amplia 

y más libre. 
Fond. Tiene usted libre el 99, cerca del mirador 

que da a la Rambla. 
Sot. Hecho. ¡Que se respire! ¡Que pueda darme 

cuenta de que soy libre como las aves! 
Fond. ¿Su nombre de usted, tiene la bondad? 

Sót. «otero C. Porra*. 

Fond. (Escribe.) Esta C, ¿corresponde a su primer 

apellido? 
Sot. Exacto. 

Fond. Lo digo porque tenemos obligación de ins- 
cribir el nombre y los dos apellidos. Ésta O 

me la echarían abajo. 
Sot. ¡Carape! 

FOND. (Escribiendo.) Cara... 

"Sot. Ponga usted Sotero Casado y Porras* 

Fond. ¿Estado? 

Sot. Soltero... Completamente soltero. 

Fond. ¿Profesión? 

Sot. Soltero también. 

Fond . ¿Cómo? 

Sot. Rentista. 

ITOND. (Haciendo sonar un timbre.) Bien. Tiene Usted 

un cuarto que es una monada, (a un camarero 

que. entra por la izquierda.) El equipaje de este 

señor, al 99. 

(Sale el Camarero. Sotero se sienta en una mecedora.) 



ESCENA VII 



DICHOS y CHUNGA 



\^HUN. (For la izquierda, con una copa.) [Esto no es gua* 

nábano!. . Pruébelo usted... (ai Fondista, que 

después de probarlo se queda haciendo visajes.) ¡Esto 

no es guanábano! 

Fond. (Aparte.) ¿Qué le habrá dado el repostero a 

esta señora? 

Oh un, (a sotero.) Caballero, hágame eljavó de pro- 

bar esto y dígame si es guanábano. 

Sot. Señora, de bebidas entiendo muy poco. 

Ohun. Pruébelo usted, pruébelo usted... (sotero toma 

un sorbo y lo escupe en seguida naciendo gestos.) 

¿Es esto guanábano? 



45 



Sot. ¡Esto es una guarrada! 

ChüN. (Dejando la copa encima de la mesa del Fondista.) 

Esto se lo bebe usted. 

FOND. (En Seguida.) (Sale por la izquierda llevándose la 

copa.) 

Chun. ¡Qué disgustos me estoy llevando!... Usted 

dispense, caballero, que rae haya permi- 
tido... 

Sot. Señora, no hay de qué. Los compañeros de 

fonda debemos estar unidos para protestar 
de los abusos. 

Chun. Eso digo yo. (pausa.) ¿Viene usted de allá? 

Sot. ¿üe dónde? 

Chün. De allá... De América. 

Sot. ¡Ah, no, señoral 

Chun, Yo soy del otro mundo. 

Sot. ¡Hombre, qué casualidad; puede decirse que 

yo también soy del otro mundo! 

Chun. Yo soy de Cuba. He venido a España para 

ver si me curo la mandanga. 

Sot. (¿De dónde habrá salido este 0000?") 

Chun. ¿Es usted español? 

Sor. Nacido en Sevilla, la tierra más alegre del 

mundo. 

Chun. Los andaluses me encantan., 

Sot. ¡ Vaya por Dios! Pero a mí no se me conoce 

que soy andaluz. 

Chun, El cante flamenco es mi debilidá, espresioso;. 

las soleares, las malagueñas, Jas peteneras... 

Sot. ¡Y las guajiras! 

Chun. ¡Picaronasol Eso lo dise usted por mí, que 

soy guajira. 

Sot. ¡No! ¡Eso no! Ni por usted, ni por nadie. 

Chun. No disimule. Usted también es muy simpá- 

tico. Tiene usted cara de chongo. 

Sot. (¡Pues no me faltaba más que este lorol) 

Chun . Voy a sentarme. Esta mandanga no me deja 

viví, (se sienta en una mecedora.) 

Sot. Yo, con su permiso, voy a mudarme de 

ropa. 

Chun. Descanse usted. ¿Ha llegado usted en el 
tren de esta tarde? 

Sot. Sí; vengo a Barcelona a distraerme, de sim- 

ple turista. 

Chun. Igual que yo. Abandoné mi tierra y mis in- 

genios, cogí a Maseo, mi perrito, y a Domin- 
go, mi negro, y me dije: A ver mundo, a ver 
si puedo curarme. 









4^ 



SOT. 

Chun, 

SOT. 

Chun, 

Sot. 

Chun 

Sot. 

Chun 

Sot. 

Chun, 
Sot. 
Chun 
Sot. 

Chun 

Sot. 

Chun , 

Sot. 
Chun 
Sot. 
Chun, 

Sot. 

Chun 
Sot. 



Chu 



Sot. 

Chun 



Sot. 
Chun 



Bien hecho. 

Pero no rre distraigo, (smpiraudo.) ¡Y todo 
por estar así, tan sola, tan soltera! 
No lo crea usted. Es como mejor se está. 
¿Usted también es soltero? 
¡Completamente! 
No lo creo. 

Ni yo tampoco lo creo a veces. 
Es usted muy esbelto. Las mujeres se chi- 
flarán por usted. 

(Esta mandanga me va a dar un disgusto.) 
Yo necesito casarme. 
¡Pues yo no! 

Yo necesito un hombre que vele por mi. 
¿Otra?... Le advierto que he bajado el al- 
quila. 

Si usted viese mi tierra... Es un paraíso... A 
usted le sentaría muy bien aquello... 
Demasiado calor. A mí el calor me mata. 
Tengo quinientos negros que le abanicarían 
a usted. 

Los negros me asustan, 
(suspirando.) ¡Ay, un español es mi ideall 
¡Atiza! 

Allá juntitos, en mi cañaveral, qué feíises 
seríamos. 

(Esta ha decidido pescarme.) 
Comeríamos caña dulse y sabrosa. 
(¡Me quiere pescar con caña!) Vaya, con su 
permiso, voy a tomar un poco el fresco... 
Estoy mareado del viaje. 
Le acompañaré. Pasearemos por el jardín. 
Le enseñaré a usted al samacuco de mi perri- 
to. (Levantándose.) Lléveme del hraso... Cuauto 
más le miro más advierto que tiene usted 
tipo de chongo... 
(¡De qué buena gana la ahogaba!) 

(Haciendo mutis, muy despacio, tou Sotero.) ¡Allí SÍ 

que bebería usted buen guanábano, cosa 
rica, cosa bucnp, ¿sabe?... Y Chunga le mi- 
maría a usted. 
¿Y quién es esa Chunga? 
Chunga soy yo, caballero... (salen foro.) 



- 47 - 



ESCENA VIII 

TíATILDE y el FONDISTA. Luego ENRIQUE, después SOTERO y 
CHUNGA 

Mat. (por la izquierda.) ¿Sabe usted si ha vuelto mi 

marido? 
Fond. ¿Su esposo de usted es el 99? 
Mat. ¿Qué dice usted? 

Fond. ¿Un vejete muy barbián r con el sombrerito 

inclinado y los andares jacarandosos? 
Mat. No, señor; afortunadamente no es ese, no es 

el 99. 

J£NR. (Entrando por la derecha.) ¿Me esperabas? (Da 

grandes muestras de impaciencia.) 

Mat . Ya estaba un poco asustada. ¿Has sacado los 

pasajes? 

Enr. (Muy nervioso.) Sí, ya está todo. El buque lle- 

ga esta noche; mañana a estas horas embar 
carenóos. 

"Mat. ¿Qué te pasa? Estás nervioso. 

E ;f. ¿Que qué me pasa? 

-Ma t . Te encuentro soliviantado. 

(El Fondista sale.) 

Enr. Mucho... Muy soliviantado. , ¡Es horrible, 

horrible! 

Mat. ¿Pero el qué es horrible? 

"Enr. Tu marido... 

Mat. ¿Qué dices?... Mi marido eres tú. 

Enr. El otro... ¡Le he visto!. . 

Mat. ¿Pero estás loco, Enrique? 

Enr. Sí... digo, no.., Al salir de aquí iba yo por 

la Rambla, cuando vi pasar en un coche a 
tu marido, al otro, a Paniagua... 

Mat. Pero eso ¿es posible? 

35nr. No, si ya sé que no es posible, pero le he 

visto; es decir, me ha parecido verle... una 
alucinación... ¡acaso el remordimiento! 

Mat. Tranquilízate, Enrique, tranquilízate. 

JLnr. Ya he procurado tranquilizarme, sobrepo- 

nerme; pero no puedo... me parece que le 
veo en todas partes... Esto es el remordi- 
miento, Matilde... 

Mat. ¡Por Dios, Enrique, desecha esos temores! 

_Enr. No puedo... Todos los que pasaban a mi 

lado me parecían él... 

(Hacen mutis por la escalera.) 



4b - 



ESCENA IX 

DOÑA VICTORIA, el GENERAL. Luego 90TERO 
Gen. (Por la izquierda, dando el brazo a doña Victoria.) 

¿Has comido bien, pichoncita? 

Vict. Estoy un poco desganada. Las emociones 

de estos días. 

Gen. Yo, en cambio, tengo el apetito de un tigre.. 

Cosa rara. jLas verduras me revientan! 

Vict. ¿Reposamos aquí la comida? 

Gen. Sí, siéntate; daremos un vistazo a los perió- 

dicos de Madrid. 

(Se sientan cada uno en una butaca a derecha e iz- 
quierda de la mesa que hay en el centro y de espaldas: 
al foro y leen.) 

Sot. * (por el jardín.) ¡Esa mujer me ha tomado a 
changa. Aprovecharé que se ha quedado 
adormilada debajo de un castaño de indias 
para leer el fondo de El ■ Impar cial. (se sienta 

detrás de la mesa del centro, dando frente al público 
y lee un periódico. El General y doña Victoria, al 
volver la hoja del periódico que leen, reparan en So- 
tcro. Quedan perplejos... Asombrados y sin querer dar 
crédito a lo que ven se van levantando poco a poco.. 
Ya de pie, reconocen los dos a Sotero y se les cae el 
periódico de las manos. Sotero ve al General y a doña. 
Victoria y trata de ocultar la cara con el periódico 
que está leyendo. El General y doña Victoria, muy 
asustados, temblorosos, se ccgen de la mano y con 
grandes precauciones y sin perder de vista a Sotero,. 
salen por segunda izquierda.) 

ESCENA X 

SOTERO y CHUNGA. Luego DOMINGO 

Chun . (por el jardín.) Me ha dejado sola ese guachin- 

dango... Ah, ú está aquí... Párese que está 
dormido... ¡Qué tipo más seductorl ¡Caba- 
llero!... Le voy a sarandeá a vé si despierta.... 

(Moviéndole cómicamente.) ¡Este pelele Se ha 

puesto malo!... ¡Domingo!... ¡Domingo!.... 
¿Qué tendré yo en la cara que todos se me 
desvanesenf... 



— 49 — 

DüM. (Por el jardín.) Mí ama .. 

CHUN. Dale aire... (indicando a Sotero. Domingo se pone 

cerca de Sotero y le abanica. Sotero abre los ojos y se 

encuentra con la cara del negro.) 

Sot. ¡Caramba, hombre! No gana uno para sus- 

tos... 

Chun. ¿Se le ha pasado el mareo? 

Sot. ¡Sí; pero me parece que me va a volver a 

dar. (Esta señora marea al lucero del alba.) 

Chun. ¿Quiere usted un refresco, un poco de agua- 

cate? 

So-j. ¡No, porquerías, no! 

Chun. ¿Se le ha ido a usted la cabeza? 

Sot. Ha estado a punto de írseme todo el cuerpo. 

(¡El General y doña Victoria en esta fondal 
Necesito salir de aquí en seguida.) 

Chun. Perdóneme que le haya causado tanto mal. 

Sot. Señora, usted no molesta nunca. 

Chun. Pero yo también le amo, caballero. 

Sot. ¿.Cómo? (a gritos.) ¡A ver, la cuenta, el equi- 

paje! 

Chun. Usted me dará el remedio para la man- 

danga, 

SOT. (imitando la voz de Chunga.) (¡Dos estacazos te 

daría yo con mucho gusto!) 



ESCENA XI 

DICHOS, ROQUE por la izquierda, y el FONDISTA 

Sot. Vaya, voy a mudarme de ropa. (Aparte.) Y de 

fonda... (Al dar media vuelta para salir se encuentra 
frente a frente con Roque y hace mutis corriendo por 
la escalera ) 

Chun. ¡Domingo'... ¡Domingo!... ¡Corre, sigúeme a 

ese hombre!... ¡Vigílamelol... Huye de mi 
lado... 

(Sale Domingo por la escalera detrás de Sotero.) 

Roque (ai Fondista.) A ver, hágame el favor... Mire 
cómo se llama ese caballero que hablaba 
con la señora cubana. 

Fond. (Mirando en un libro.) El 99... Sotero C. Po- 
rras. 

Roque ¿Está usted seguro? 

Fond. El mismo, me dijo su nombre. 

Roque ¡Si parece mentira!... Ese señor no se llama 



— 50 — 

así... Ese señor es don Juan Paniagua... No 
me cabe duda... 

FüND. (Volviendo a consultar el libro.) SoterO C. Po- 

rras. 
Roque No, señor, Paniagua. 
Fond. Porras. 

Roque ¡Qué porras ni qué narices! (saliendo por laiz 

quierda, primer término.) ¡Estoy 8egUro: es Juan 

Panlagua! 



ESCENA XII 



MATILDE y el FONDISTA 



Mat. 

Fond, 
Mat. 



Fond 
Mat. 



Fond. 



(por la escalera.) Caballero, caballero, hágame 
usted el favor de ver el libro de inscripción 
nes a ver ei está Sotero Casado Porras. 
Ah, sí, el 99; acaba de llegar, pero resulta 
que no se llama así: se llama Juan Pania- 
gua. 

¡Dios mío, está aquí!... ¡No me he engañado! 
Envíenos usted la cuenta; nos vamos de 
aquí; en seguida, ¿lo oye ustei?, en se. 
guida... 

Pero oiga usted, señora... 
¡La cuenta!... No podemos permanecer aquí 

ni Un minuto... ¡Ni un minuto!... (Sube preci- 
pitadamente.) 

Señora... señora... Huye de él como del dia- 
blo. Sin duda es un criminal terrible... 



ESCENA XIII 



FONDISTA, SOTERO y DOMINGO 



SoT. (Entra por la primera izquierda, con grandes precau- 

ciones, seguido de Domingo.) ¡Buena la he hecho 
con este viajecito de recreo!... Y es que el 
que se casa una vez, aunque sea de mentiri- 
jillas, pierde la tranquilidad para siempre... 

(Al volver la cabeza ve al negro que está detrás de 

él.) Este mono es mi sombra negra... 

FOND. (Que ha estado observando a Sotero.) Realmente 

tiene cara de apache! 
Sot. (ai fondista.) Oiga usted... Oiga usted, ¿oven, 



51 - 



FOND. 

SOT. 

FoND. 

SOT. 

FOND, 

SOT. 

FOND , 

SOT. 

FüND. 

SOT. 



FOND, 



tenga la bondad de extenderme la cuenta, 
porque me voy en seguida. 
Usted... usted no puede irse. 
¿Como que no puedo irme? 
No, señor. Usted no sale de aquí hasta que 
vengan a buscarle. 
Pero si no espero a nadie. 
No importa. Usted no puede salir. 
Pero, ¿porqué? 

Porque... porque es usted sospechoso. 
¿Sospechoso yo? ¡Insolente! 
¡Vayase usted a su cuarto! 
Sí, señor, voy a mi cuarto a recoger el equi- 
paje. ¿Sospechoso?... ¡Yo sospechoso!... ¡Has- 
ta ahí podíamos llegar!... ¡Sospechoso!... 
Ahora comprendo por qué me han puesto 

esta guardia negra, (eube seguido de Domingo.) 

(Llamando al teléfono.) Es un hombre peligro- 
so. Conviene que se lo lleven cuanto antes. 

(Suena el timbre del teléfono.) Central... Central... 

Con la inspección de policía... ¿Cómo?... 
¿Que están comunicando?.,. Pues cuando 
terminen... Se trata de un caso urgente. 



ESCENA ULTIMA 



FONDISTA, ENRIQUE, MATILDF, DOÑA VICTORIA, el GENERAL, 
SOTERO, CHUNGA, DOMINGO y ROQUE 



Esr. 

FOND, 

Enr. 

FoND 
VlCT . 

Gen. 
Mat. 

SCT. 



Enr. 
Mat. 



(Trémulo, aterrado, por la escalera.) ¡Un Cadáver!... 

¡Un cadáver! 

¿Un cadáver?... ¿Dónde? 

¡Ha entrado en mi habitación! 

¿Qué dice usted? ¡Un crimenl 

^Por la escalera precipitadamente.) ¡Ay, qué SUS- 

to!... ¡Ay!... Me pongo mala... 

(por la escalera.) ¡Esto es inaguantable!... j Esto 

no se puede sufrir!... 

(También bajando con precipitación.) ¡Enrique I... 

¡Enrique!... 

(Apareciendo en lo alto de la escalera y sin saber por 

donde huir.) ¡Buena la he armado con equivo- 
carme de habitación! 

(Todos se aterran al ver a Sotero y forman un grupo 
a la derecha.) 

¡El! 
¡Dios mío! 



62 



Vict. ¡Va a darme algo! 

Gen. j Victoria, sobreponte! (cuadro.) 

Sot. Aquí hay que salir por pies... 

Fond. (cogiendo por el cuello a Sotero.) ¡Este es el cri- 

minal! 

ROQUE (Entrando por la primera izquierda.) ¡Panlagua, 

Paniagua!... ¿Qué has hecho? 
Sot. ¡Hombre, déjeme usted en paz! 

Fond. ¿Y el cadáver?. . ¿Dónde está el cadáver? 

Enr. (por sotero.) ¡El cadáver es ese! 

Fond. ¿Dónde está la víctima? 
Sot. Aquí. La víctima soy yo. 

(Chunga y Domingo entran por el foro.) 

Gen. ¡Basta de líos!... Suelte usted a ese hombre. 

Todos ¡¡No!! 

Gen. ¡Suelte usted a ese hombre! (cogiendo de una 

mano a Matilde y llevándola hasta Sotero.) ¡Ahí tie- 
ne usted a su mujer!... ¡Es usted un misera- 
ble! 

Chun. ¡Su mujé\ Era casado el muy pendejo!... (De- 

jándose caer en una butaca.) ¡Domingo!... ¡Dame 
aire! 

Enr. ¡No, su mujer nol... La mía. 

Gen. ¡Su mujer, he dicho! 

Sot. Pues ha dicho usted una tontería. 

Vict. Pero, ¿usted no se había muerto? 

Sot. No estoy seguro; pero creo que no. 

Gen. (a Matilde.) Y usted, ¿cómo se ha casado con 

el señor, (por Enrique.) viviendo su marido de 
usted? 

Mat. ¡Pero si no ha sido nunca mi marido! 

Gen. (a Sotero.) Entonce?, ¿qué era usted? 

Sot. Una especie de espanta pájaros. 

Mat. Mi marido, mi verdadero marido, don Juan 

Paniagua, murió antes de conocerme uste- 
des. 

Enr. Entonces, este hombre. , 

Mat. Tranquilízate, Enrique. Est6 hombre es un 

infeliz 

Sot. (ai Fondiita.) ¿Lo oye usted?... ¡Un infeliz! 

G<n. ¿De manera, que se me ha tomado el pelo? 

Me dará usted explicaciones.. 

Sot. Todas Jas que usted quiera; pero le advierto 

que no me bato. 

Roque De modo que tú... digo usted... no e3 Pania- 
gua... es decir que tú... es .. usted... y... 

Sot. Cállese usted, porque nos va a volver locos 

a todos. 



53 - 

Chun. ¿Lo oiste, Domingo?... El bandido es solte- 
ro... ¡Qué gustol... (a sotero.) Ya lo sabes, mi 
niño, mañana embarcaremos. 

Sot. ¡Yo no me vuelvo a embarcar en la vida, 

señora Chunga!... A mí me podrán haber 
alquilado una vez, pero casarme no hay 

quien me case... (Chunga se desploma, desmayada, 
sobre una butaca. Sotero, a Domingo.) Domingo, 

dale airel 

(Telón rápido.). 



FItf DE LA OBRA 






Obras de los mismos autores 



Los placeres de una siesta. 
Bazar español. 
La novia del torero. 
El club de la alegría. 
La alegre primavera* 
El marido ideal. 



Precio: DOS pesetas